En mi proceso de maduración como escribidor o escribiente y lector o leyente he descubierto (no es que nadie lo hubiera hallado antes sino que lo he averiguado yo para mí) la clave de la correcta percepción de la literatura, la escritura, o cualquiera que sea el arte que uno desempeña. Es la mirada ajena. El concepto es sencillo, la aplicación no tanto. Un ejemplo. Pinto un cuadro y me voy pensando en la genial que resultó. Pasa una o dos semanas, no he vuelto a verlo, y vuelvo a verlo, con otros ojos, más casuales, como quien se lo encuentra. Y descubro un tremendo error de desproporción que me había quedado inadvertido. Me produce gran dolor y pereza corregirlo, pero es necesario hacerlo para que el resultado quede perfecto a mis ojos. Igual me sucede con la palabra escrita. Eso que tan orgulloso me había hecho sentir, que tan buen regusto de paladar me dejó tras pulsar el último punto, años después me horripiló por los errores, la insulsa estética, las repeticiones o las inconexiones. Y da igual que lo haya corregido mil veces, todos esos errores me habrán pasado inadvertidos. Sólo se puede ver la paja en el ojo ajeno, por ello he descubierto la necesaria mirada ajena, que debe desarrollar uno mismo. Necesito abstraerme, olvidar un texto durante días, meses, ¿años? hasta leerlo y descubrir que no lo escribí yo. Lo escribió otra persona cuyos defectos y errores me resultan evidentes. Sólo entonces puedo tratar de corregirlos, mejorarlos, aunque también encuentro algunos méritos en ese texto que escribió la persona que una vez fui, por mucho que reniegue de ella, secretamente en la vergüenza la admito. Este proceso estoy al fin, creo, desarrollándolo de forma correcta con mis últimos escritos. Limo mi perfeccionismo y lucho contra la pereza de leerme a mí mismo, comienzo a entender que aquel que lo escribió no es quien ahora lo lee. Y gracias a eso creo que empiezo a madurar mis trabajos. No digo que vayan a alcanzar nunca la perfección ni a gustar a todo el mundo, pero si logro contentar a mi mirada ajena, me sentiré plenamente satisfecho. El único problema será que cuando en unos años me enfrente a esos textos ya corregidos con ojos ajenos, de nuevo habrá cambiado la persona que los lee, ya no seré el mismo yo que los corrigió, sino que seré otro yo, y corro el riesgo de volver a horrorizarme. Quizás para evitarlo, para no caer en depresión, deba renunciar a releerme una vez haya sabido corregirme con los ojos de quien ve un texto ajeno. No quiero contentar a nadie más que a mi yo ajeno, a mi yo futuro, o a mi yo presente cualquiera que sea ese presente.
domingo 13 de julio de 2008
miércoles 2 de julio de 2008
De Blustar a Garrafone
Abel Bri
viernes 27 de junio de 2008
Asociación de ideas
Los arcenes de Benidorm
En el camino que lleva a la playa de los rascacielos conduzco en paralelo a la vía del tren o del tram, paso junto a un puticlub a cuya esquina aparcan imitaciones de limosinas de lujo y otros coches tuneados en el taller contiguo; atravieso un minitúnel; me adelantan carloses saincenes y fernandos alonsos; le veo los huevos al toro que eunucó Bardem; y nada de esto me sorprende más que la populosa y curiosa población que camina por los arcenes como quien pasea por la Rambla de Alicante, o el paseo de Santa Pola del Este. Los máquinas de hierro surcando el asfalto muy por encima de los ciento veinte no amedran a estos valientes que confían a sus piernas y zapatos la responsabilidad de llevarles a ellos mismos de una ciudad a otra. El trasiego de personas por estos arcenes es de lo más variopinto. Aparte de los abundantes ciclistas, unas veces incluso sabiamente escoltados por un vehículo que abre paso, encontramos sobre todo vagabundos. Estos errantes sin coche propio nunca se diferenciaron tanto entre ellos como lo hacen en estos caminos. Pensamos en un vagabundo e imaginamos a viejo borracho, barbudo, sucio, con camisa de cuadros, pantalón de pana, zapatos rotos por el dedo y una botella de cerveza. También de estos los hay paseando por los arcenes, sin embargo vi incluso una vagabunda madre empujando un cochecito de bebé, bebé vagabundo, que no se inmutaba mientras un ciclista les adelantaba por la derecha, todo ello en el arcén, al tiempo que yo les pasaba al ras, he de reconocer que no habría metro y medio entre ellos y yo. En una de mis últimas visitas incluso observé a un gordo británico, también los hay delgados, descamisado, luciendo su panza al sol, sujetando la camisa en una mano, con bermudas y zapatillas, desplazándose plácidamente por el arcén. Entiendo a toda esta gente. Si uno no tiene coche, ¿cómo puede por ejemplo ir de Benidorm a Madrid sin pisar una carretera? Difícilmente. Los caminos que comunican los nucleos de población de nuestra España no están pensados para caminantes, ni para ciclistas. Cuando uno por gusto, o necesidad, va de una ciudad a otra, y no tiene posibilidad o ánimo de gastarse unos dineros en el autobús, el tren, el taxi, un avión, o un coche propio, no tiene otra que echarse a patear el arcén, con el riesgo que entraña. Si incluso las ciudades están más pensadas para coches que para peatones, ciclistas, patinadores... cómo no van a estarlo las carreteras, que directamente marginan a toda esta gente de bien, que ni contamina ni consume más recursos ni combustibles que los suyos propios. No pretendo en este caso barrer para casa, pero uno habla de lo que conoce, y la vía parque en su tramo de Elche, se hace querer por contar con un importante y seguro espacio para todas estas personas que repudian los motores como forma de trasladarse. Espero llegar a ver algún día caminos pensados para caminantes, y no para automovilistas.
Nuevos vivos y nuevos muertos
Dos noticias antagonistas han salido publicadas en Noticias Elche. En el hospital ilicitano el pasado año hubo más de 3.000 nacimientos. Según el Consistorio ilicitano, cada año se producen 1.200 inhumaciones y 400 incineraciones. O lo que es lo mismo, todos los años mueren en Elche cerca de 1.600 personas. Ni uno ni otro dato son absolutos, pero se aproximan mucho a la realidad. Me dejó perplejo saber que cada año en Elche se nos mueren más de millar y medio de personas, luego recuperé el dato de nacimientos y recobré un poco el aliento. Pensar en el futuro es injusto para quienes han muerto, pero esperanzador para quienes siguen vivos. Con este cuento en ese clásico de la ciencia ficción que es 'La fuga de Logan', engañaban a los ciudadanos para que se dejaran matar al cumplir los treinta, diciéndoles que no morían, sino que se renovaban y renacían en los bebés. A mí me sigue dando escalofríos pensar que cada día, si sacamos la estadística, mueren unos cuatro ilicitanos, claro, por eso escuchamos ambulancias tan a menudo, no todas llegan a tiempo. La investigación sobre si hay algo después de la muerte se equipara en relevancia, misterio y trascendencia a la investigación sobre cómo evitar la muerte. Los científicos han desistido en su mayoría, desesperanzados o resignados, a buscar qué hay tras la muerte, y se dedican a intentar impedirla. No sólo se intenta alargar la vida sino que hay mucha gente cuyo único sueño es detener la muerte. Ese gran cerebro que es Eduard Punset se preguntaba en una entrevista qué se muere cuando uno muere, porque los átomos y la energía, siguen vivos. Buena reflexión, pero la respuesta es clara, se muere la persona, su cuerpo, su físico, su habla, su presencia, su existencia social, y sobre todo el espacio que ocupa. Si no nos muriéramos, tendríamos un serio problema de espacio, o al menos, de recursos. Si ya hay problemas para alimentar a los millones de personas del mundo, si ya es imposible dar el nivel de vida del primer mundo a las personas que viven en subdesarrollo, ¿cómo podría sostenerse este planeta si dejara de morirse la gente? La única forma sería evitar los nacimientos. Y eso sería casi tan triste como la muerte. ¿Se imaginan a un mal jefe que nunca se fuera de su cargo? ¿A un mal presidente de gobierno que no se jubilara y siempre fuera reelegido? ¿A un asesino que cumpliera sus condenas y luego saliera a la calle a seguir matando?. ¿A un tipo como Hitler que no se cansara de exterminar personas? ¿A un trabajador que nunca pudiera jubilarse por no envejecer ni morir? ¿O a un enfermo incurable postrado a una cama sin morirse? Haya reencarnación o no, forzosamente, antes o después, hay renovación, en todas partes, y al menos, eso sí es positivo.