domingo 13 de julio de 2008

La mirada ajena

En mi proceso de maduración como escribidor o escribiente y lector o leyente he descubierto (no es que nadie lo hubiera hallado antes sino que lo he averiguado yo para mí) la clave de la correcta percepción de la literatura, la escritura, o cualquiera que sea el arte que uno desempeña. Es la mirada ajena. El concepto es sencillo, la aplicación no tanto. Un ejemplo. Pinto un cuadro y me voy pensando en la genial que resultó. Pasa una o dos semanas, no he vuelto a verlo, y vuelvo a verlo, con otros ojos, más casuales, como quien se lo encuentra. Y descubro un tremendo error de desproporción que me había quedado inadvertido. Me produce gran dolor y pereza corregirlo, pero es necesario hacerlo para que el resultado quede perfecto a mis ojos. Igual me sucede con la palabra escrita. Eso que tan orgulloso me había hecho sentir, que tan buen regusto de paladar me dejó tras pulsar el último punto, años después me horripiló por los errores, la insulsa estética, las repeticiones o las inconexiones. Y da igual que lo haya corregido mil veces, todos esos errores me habrán pasado inadvertidos. Sólo se puede ver la paja en el ojo ajeno, por ello he descubierto la necesaria mirada ajena, que debe desarrollar uno mismo. Necesito abstraerme, olvidar un texto durante días, meses, ¿años? hasta leerlo y descubrir que no lo escribí yo. Lo escribió otra persona cuyos defectos y errores me resultan evidentes. Sólo entonces puedo tratar de corregirlos, mejorarlos, aunque también encuentro algunos méritos en ese texto que escribió la persona que una vez fui, por mucho que reniegue de ella, secretamente en la vergüenza la admito. Este proceso estoy al fin, creo, desarrollándolo de forma correcta con mis últimos escritos. Limo mi perfeccionismo y lucho contra la pereza de leerme a mí mismo, comienzo a entender que aquel que lo escribió no es quien ahora lo lee. Y gracias a eso creo que empiezo a madurar mis trabajos. No digo que vayan a alcanzar nunca la perfección ni a gustar a todo el mundo, pero si logro contentar a mi mirada ajena, me sentiré plenamente satisfecho. El único problema será que cuando en unos años me enfrente a esos textos ya corregidos con ojos ajenos, de nuevo habrá cambiado la persona que los lee, ya no seré el mismo yo que los corrigió, sino que seré otro yo, y corro el riesgo de volver a horrorizarme. Quizás para evitarlo, para no caer en depresión, deba renunciar a releerme una vez haya sabido corregirme con los ojos de quien ve un texto ajeno. No quiero contentar a nadie más que a mi yo ajeno, a mi yo futuro, o a mi yo presente cualquiera que sea ese presente.

miércoles 2 de julio de 2008

De Blustar a Garrafone

Llevo años utilizando los servicios de un operador de telefonía a quien, para omitir su identidad, llamaré Blustar, nombre totalmente arbitrario. Tras esos años de servicio estaba satisfecho con la cobertura de mi teléfono móvil, que incluso en la zona más recóndita de la geografía española me mantenía comunicado. Si bien es cierto que no habitúo yo los lugares recónditos, y no resulta algo por tanto demasiado útil. Lo que me ha llevado a solicitar el cambio es uno: me desangran el saldo cada vez que llamo a un teléfono de una compañía diferente a la mía. Ante esta situación, decido dar el gran salto y pasarme a contrato. Miro y remiro las tarifas de Blustar y compruebo que también en la modalidad de contrato abusan de mi bolsillo. Así que animado por la gran cantidad de amigos que ya están en Garrafone, mando a freir espárragos a Blustar y me voy a Garrafone. Compruebo que, en efecto, sus tarifas son más baratas, y firmo el contrato convencidísimo, solicitando mantener el número de teléfono. Así surge mi primer problema, para conservarlo necesitan el numerito inscrito en mi tarjetita Blustar que tras tantos años de uso está borroso e ilegible. Ve a Blustar, me aconseja la guapa dependienta Garrafone, y que te hagan un duplicado de la tarjeta. Allá voy yo y me sablan cinco euros por la sencilla operación. Al fin ya consigo nueva tarjeta, nuevo número, y cerrar convenientemente el contrato. Pero no iban a dejarme marchar los de Blustar así como así. Un día después de esto, una simpática telefonista me ofreció un claro chantaje. Para premiar su fidelidad durante todos estos años, me dijo la tipa, y recompensar que se quede con nostros en lugar de irse a otra compañía, le ofrecemos el 40% de descuento en todas las llamadas durante los próximos seis meses. Vio la chica que con esto no me contentaba yo, y me preguntó si quiero móvil nuevo, porque estaba dispuesta a regalarme un teléfono nuevo. Tras darme muchos argumentos y descuentos, yo seguí en mis trece, aún más convencido, y me dijo que esta oferta (irrechazable) la mantenía en pie durante 24 horas, ya, y 48, si le aprieto. Me indigna que durante todos estos años no me hayan ofrecido nunca ningún regalo, ni descuento, ni nada de nada, lo hacen ahora que me voy, sólo para conservarme, por puro chantaje. Está tan normalizada la situación que me consta que algunos se han dedicado a forzar la negociación simulando varios intentos de cambio de operador, aunque también esto tendrá un límite. Yo aún estoy más resuelto, ahora que he intentado ser chantajeado, de cambiarme de compañía. Me siento hasta orgulloso de no haberme dejado sobornar. Me recuerda a algunos políticos, que tras varios años de gobierno ofrecen nuevas promesas y proyectos, grandes ideas que en la anterior legislatura podrían haber desempeñado, pero que sólo presentan cuando temen perder a sus clientes, a sus votantes.

Abel Bri

viernes 27 de junio de 2008

Asociación de ideas

Daban la noticia de un austriaco que llevaba doble vida, un caso terrible de un encantador hombre que secuestró y abusó de su hija durante 24 años, acto deleznable donde los haya. Y cómo será eso de la asociación de ideas y del destino, que mientras escuchaban dos conocidos míos ese asqueroso suceso y les repugnaba su autor, recordaba uno de estos dos conocidos que había visto en el escaparate de una agencia de viajes una jugosa oferta para volar hacia varios destinos europeos, entre ellos Austria. Quizá de no haber escuchado esa noticia horripilante sucedida en Austria, nunca hubiera recordado este conocido haber visto esa oferta. Y tras la conversación que mantuvieron estos dos parece más que probable que finalmente celebren dicho viaje a tierras austriacas. Es decir, que de no haber visto esa noticia posiblemente no irían de viaje a Austria, con todo lo bueno, malo, maravilloso, o insignificante que en dicho viaje les pueda acontecer. Es más, si ese tipo no hubiera torturado durante 24 años a su hija, estos dos conocidos míos no se irían de viaje a Austria. Casi tan terribles como el suceso, me parece el destino que combina estos dos factores de sufrimiento de la chica, con el divertimento de mis conocidos, así como la relación que nuestro cerebro puede establecer entre ambas informaciones: 1 un hombre tortura a su hija en Austria 2 me quiero ir de viaje a Austria y he visto una oferta barata. Es casi como una cuasa efecto. ¿Promueve la crueldad extrama el turismo? ¿puede indirecta y subliminalmente contribuir al turismo de un país el hecho de que escuchemos terribles sucesos que allí acontecen? Propongo que alguno de esos doctorandos que necesitan temas que investigar para justificar sus becas, sus estudios, sus títulos, tomen nota por si estiman interesante estudiar semejante chorrada como la que acabo de proponer.

Los arcenes de Benidorm

En el camino que lleva a la playa de los rascacielos conduzco en paralelo a la vía del tren o del tram, paso junto a un puticlub a cuya esquina aparcan imitaciones de limosinas de lujo y otros coches tuneados en el taller contiguo; atravieso un minitúnel; me adelantan carloses saincenes y fernandos alonsos; le veo los huevos al toro que eunucó Bardem; y nada de esto me sorprende más que la populosa y curiosa población que camina por los arcenes como quien pasea por la Rambla de Alicante, o el paseo de Santa Pola del Este. Los máquinas de hierro surcando el asfalto muy por encima de los ciento veinte no amedran a estos valientes que confían a sus piernas y zapatos la responsabilidad de llevarles a ellos mismos de una ciudad a otra. El trasiego de personas por estos arcenes es de lo más variopinto. Aparte de los abundantes ciclistas, unas veces incluso sabiamente escoltados por un vehículo que abre paso, encontramos sobre todo vagabundos. Estos errantes sin coche propio nunca se diferenciaron tanto entre ellos como lo hacen en estos caminos. Pensamos en un vagabundo e imaginamos a viejo borracho, barbudo, sucio, con camisa de cuadros, pantalón de pana, zapatos rotos por el dedo y una botella de cerveza. También de estos los hay paseando por los arcenes, sin embargo vi incluso una vagabunda madre empujando un cochecito de bebé, bebé vagabundo, que no se inmutaba mientras un ciclista les adelantaba por la derecha, todo ello en el arcén, al tiempo que yo les pasaba al ras, he de reconocer que no habría metro y medio entre ellos y yo. En una de mis últimas visitas incluso observé a un gordo británico, también los hay delgados, descamisado, luciendo su panza al sol, sujetando la camisa en una mano, con bermudas y zapatillas, desplazándose plácidamente por el arcén. Entiendo a toda esta gente. Si uno no tiene coche, ¿cómo puede por ejemplo ir de Benidorm a Madrid sin pisar una carretera? Difícilmente. Los caminos que comunican los nucleos de población de nuestra España no están pensados para caminantes, ni para ciclistas. Cuando uno por gusto, o necesidad, va de una ciudad a otra, y no tiene posibilidad o ánimo de gastarse unos dineros en el autobús, el tren, el taxi, un avión, o un coche propio, no tiene otra que echarse a patear el arcén, con el riesgo que entraña. Si incluso las ciudades están más pensadas para coches que para peatones, ciclistas, patinadores... cómo no van a estarlo las carreteras, que directamente marginan a toda esta gente de bien, que ni contamina ni consume más recursos ni combustibles que los suyos propios. No pretendo en este caso barrer para casa, pero uno habla de lo que conoce, y la vía parque en su tramo de Elche, se hace querer por contar con un importante y seguro espacio para todas estas personas que repudian los motores como forma de trasladarse. Espero llegar a ver algún día caminos pensados para caminantes, y no para automovilistas.

Nuevos vivos y nuevos muertos

Dos noticias antagonistas han salido publicadas en Noticias Elche. En el hospital ilicitano el pasado año hubo más de 3.000 nacimientos. Según el Consistorio ilicitano, cada año se producen 1.200 inhumaciones y 400 incineraciones. O lo que es lo mismo, todos los años mueren en Elche cerca de 1.600 personas. Ni uno ni otro dato son absolutos, pero se aproximan mucho a la realidad. Me dejó perplejo saber que cada año en Elche se nos mueren más de millar y medio de personas, luego recuperé el dato de nacimientos y recobré un poco el aliento. Pensar en el futuro es injusto para quienes han muerto, pero esperanzador para quienes siguen vivos. Con este cuento en ese clásico de la ciencia ficción que es 'La fuga de Logan', engañaban a los ciudadanos para que se dejaran matar al cumplir los treinta, diciéndoles que no morían, sino que se renovaban y renacían en los bebés. A mí me sigue dando escalofríos pensar que cada día, si sacamos la estadística, mueren unos cuatro ilicitanos, claro, por eso escuchamos ambulancias tan a menudo, no todas llegan a tiempo. La investigación sobre si hay algo después de la muerte se equipara en relevancia, misterio y trascendencia a la investigación sobre cómo evitar la muerte. Los científicos han desistido en su mayoría, desesperanzados o resignados, a buscar qué hay tras la muerte, y se dedican a intentar impedirla. No sólo se intenta alargar la vida sino que hay mucha gente cuyo único sueño es detener la muerte. Ese gran cerebro que es Eduard Punset se preguntaba en una entrevista qué se muere cuando uno muere, porque los átomos y la energía, siguen vivos. Buena reflexión, pero la respuesta es clara, se muere la persona, su cuerpo, su físico, su habla, su presencia, su existencia social, y sobre todo el espacio que ocupa. Si no nos muriéramos, tendríamos un serio problema de espacio, o al menos, de recursos. Si ya hay problemas para alimentar a los millones de personas del mundo, si ya es imposible dar el nivel de vida del primer mundo a las personas que viven en subdesarrollo, ¿cómo podría sostenerse este planeta si dejara de morirse la gente? La única forma sería evitar los nacimientos. Y eso sería casi tan triste como la muerte. ¿Se imaginan a un mal jefe que nunca se fuera de su cargo? ¿A un mal presidente de gobierno que no se jubilara y siempre fuera reelegido? ¿A un asesino que cumpliera sus condenas y luego saliera a la calle a seguir matando?. ¿A un tipo como Hitler que no se cansara de exterminar personas? ¿A un trabajador que nunca pudiera jubilarse por no envejecer ni morir? ¿O a un enfermo incurable postrado a una cama sin morirse? Haya reencarnación o no, forzosamente, antes o después, hay renovación, en todas partes, y al menos, eso sí es positivo.

lunes 23 de junio de 2008

Viejos

Si te pasas un rato mirando fijamente una pared de gotelé es posible que veas a la Virgen María, o que veas una tormenta, o la geometría de un planeta imposible, o que no veas nada. Si alguien te ve entusiasmado mirando el gotelé pensará que estás tonto, o que estás en babia, o que buscas musarañas, o que eres lerdo, o empanado. Esa falta de respeto que mostramos hacia los lerdos contempladores proviene del desconocimiento de que pararse a pensar, meditar, o a no hacer nada, es terriblemente sano. Llevamos tal actividad que los hay que se desesperan cuando toman vacaciones, o un fin de semana, o se plantan en una sala de espera sin revistas, y se suicidarían de aburrimiento. Se nos olvida pensar. No pensar en qué comeré mañana, sino pensar en quién soy, en qué hago aquí, en quién me gustaría ser, en cómo trato a la gente de mi entorno, en qué pasará cuando muera, en cómo han envejecido mis manos, en qué legado dejo a mis hijos. No leemos, no pensamos, no nos pasamos cinco minutos mirando un cuadro, ni tampoco el gotelé de una pared. Mirarse el ombligo de vez en cuando, una o dos veces al día, al despertarse y antes de dormir, no es malo, es hasta sano. Nos reímos de esos monjes que se miraban el ombligo buscando respuestas eternas. Estamos absorbidos por la actividad y nos da miedo la inactividad porque tenemos miedo a pensar, a mirarnos al espejo. Propongo que todos pasemos un rato mirando algo fijamente, y que nos llamen bobos. Estamos acostumbramos a tirarnos a la piscina sin pensar, porque si lo pensamos no nos tiramos. Entonces ¿por qué ese empeño en tirarnos? Comprender lo incomprensible es comprender el pensamiento humano, y entender que en estas palabras hay algo de locura o de cordura implica reconocer que nada es aleatorio, que el ser humano es capaz de ver pautas, códigos y conductas incluso en la corteza de un viejo nogal en mitad de un claustro. Pero estemos tranquilos todos, que a la mayoría nos llegará el momento de pasar largas tardes jugando a las cartas, o al dominó, o asomados al balcón, o apoyados en una pared al sol, con más pasado que futuro. Tendremos tiempo de pensar, pero ya no tanta capacidad para actuar. ¿Qué capacidad de maniobra dejamos a los viejos? Ya ni siquiera la palabra viejo merece respeto, sino lo contrario. Y le buscamos eufemismos o la utilizamos como un arma, como un insulto. Creemos que ser viejo es negativo, por el desgaste. Admiramos la belleza de la juventud y repudiamos la senectud, no nos atrevemos ni a mirarla. Propongo pasar un rato cada día mirando las arrugas de nuestros rostros ante el espejo, que ya llegarán.